José Luis Solís Sánchez-La Fuente _
Diamantes... Verdes
AUTOR: José Luis Solís Sánchez-Lafuente
José Luis Solís Sánchez-Lafuente nació en Archidona, provincia de Málaga en 1941. Ejerció como corresponsal informativo del periódico Ideal de Granada en su pueblo natal, durante más de dieciocho años. Dice sentirse muy orgulloso por como lo definió el doctor Conejo Ramilo al dedicarle un ejemplar de su monumental Historia de Archidona, en 1974: "Inquieto archidonés".
Fue el "…primer alcalde de Archidona, tras la restauración de las elecciones locales en España", como expresa la leyenda de la placa que el Presidente de la Junta de Andalucía les dedicó a cada uno de aquellos pioneros.
LIBRO: Diamantes…Verdes
En la novela Diamantes…Verdes se nos muestra la radiografía de un pueblo andaluz donde aparentemente no ocurren hechos relevantes, hasta que un mal día desaparecen misteriosamente dos jóvenes, de distinta posición social.
La Guardia Civil se hace cargo de investigar estos extraordinarios sucesos, profundizando el relato en las vidas y circunstancias de los propios guardias que conviven en el cuartel del pueblo. Se puede decir que la Guardia Civil es un protagonista importante del libro.
Mientras que de forma sencilla y directa se va desgranando la vida en un pueblo tal como sucede; sin excesivas fantasías literarias y dejando el autor en el aire algunos detalles, sisados adrede al argumento, para que cada lector pueda imaginar a su antojo. Una novela fácil de leer, llena de realismo, cotidianidad y misterio.
LEER UN FRAGMENTO: Diamantes…Verdes
—Manolo..., ¡Manolo!, levántate. El brigada ha mandado a Vanessa con el recado de que te presentes a él, a toda leche... ¡Manolo, coño, te he llamado ya dos veces!, que el brigada te espera. Luego dirás que la toma contigo.
—¿Qué quieres, maciza? ¡Tía buena! —contestó su marido, muy tranquilo, desperezándose sentado en el filo de la cama—.
—¡Que te levantes! Que eres un cojonazos. El brigada te espera desde hace una hora.
—Ése se ha creído que en este cuartel estoy yo solo. Sabes que anoche me acosté a las dos de la madrugada con la tontada del robo, quince cajas de aceite de la almazara de la cooperativa. No le gusta más que quedar bien con los señoritos.
Su vozarrón llegó hasta la cocina, donde se encontraba su mujer: —¿Tienes aunque sea un culillo de café? Pero café-café, no del de los niños, que te conozco. Con tanta puñeta del hígado y tanto médico que sale en la televisión... Sabes que yo no ando por las mañanas sin mi gasolina espesa y negra.
Manuel Martín, parsimoniosamente, vistió su verde uniforme de guardia civil, que en las hombreras lucía el estrecho galón rojo de guardia primero. Se colocó en la pistolera su nueva Sig Sauer SP 2009, que le habían entregado hacía unos días.
—Este chisme sí que es una pistola —se dijo—. Me hubiese evitado el susto que pasé en Rentería cuando se me encasquilló la vieja Star. ¡En lo más “menuíto”! Menos mal que allí también estaba Jacinto, mi amigo del alma.
Tomó la pequeña taza de café que le había llevado su mujer y se marchó, sin siquiera mirarla: “porque era peor”,— según pensaba—.
Bajó las oscuras y desconchadas escaleras que conducen desde su pabellón, situado en la tercera planta, hasta el patio central del cuartel, lo cruzó y entró en un despacho. Detrás de una mesa con la tapa de contrachapado cubierto de un barniz muy rayado, se encontraba sentado en un sillón desvencijado de madera el brigada Couso Seoane. Cincuentón, bajo de talla, flaco, huesudo y de rostro cárdeno. Lucía un bigotito casi recto y magnifícamente recortado. Su pelo, entrecano, cortado en forma de cepillo bastante corto casi se le juntaba con las grandes cejas. El cogote completamente rasurado. Decían en el cuartel que se lo afeitaba a diario.
—¿Da su permiso, mi brigada ?
—Entre, Martín.
(...)
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