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Cómo editar y vender
un libro con Cultivalibros.
Contacto: Abel de Lamo
Teléfono: 915060975
Pedidos librería: 915392659
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Ana María Preckler nace en Tenerife y desde muy joven se traslada a Madrid, con motivo de su matrimonio. Tiene cuatro hijos y once nietos.
Es licenciada en Geografía e Historia y en Historia del Arte, y graduada en Artes Aplicadas y Decoración de Interiores. Realiza numerosos cursos de Filosofía, Arte e Historia, y vive cuatro años en Inglaterra, Estados Unidos y Alemania.
Durante una década escribe las Crónicas de Arte de la Revista Cuenta y Razón. Es autora de numerosos libros y novelas, algunos en fase de edición. En el año 2003 publica en la Editorial Complutense su gran proyecto, la obra en dos tomos Historia del Arte Universal de los siglos XIX y XX, así como el libro de poesías Esbozos y Pensamientos.
Entre las numerosas poesías escritas por la autora se encuentran seleccionadas de forma muy especial las dedicadas a Canarias y más en concreto a Tenerife, su isla natal. Las realizó a lo largo de un tiempo en el cual su madre se encontraba muy enferma y ella la iba a visitar con frecuencia. En aquel tiempo efectuó con su hermano Santiago algunas visitas a hermosos lugares de la isla que desconocía, y mientras él conducía ella escribía. Los poemas tienen una gran influencia de la música folklórica canaria: isas, folías, malagueñas y otros estilos que la autora aprendió a cantar y tocar con el timple y la guitarra de niña. También hay una fuerte influencia de la costa de Valle Guerra debido a “Tabaibal” la finca de plataneras de su padre; allí donde acababa la plantación surgía un acantilado impresionante, por el bramido del mar y su estremecedora soledad. El mar penetraba por entre los charcos de la lava negra y rompía incesante en mareas de nívea espuma.
Yo volvía
A mi madre
Yo volvía a mi isla y yo sabía
que todo había cambiado,
que aquella isla abrupta en demasía,
era tiempo pasado.
Acantilado mudo, rota orilla,
picacho desolado,
crudo oleaje, montañas ateridas,
barrancos inmolados.
Yo volvía a mi isla e intuía
que todo había cambiado,
que era una tierra huérfana y vacía,
con mar atribulado.
(...)