El dedal de Lydia

Coleccion Cultiva

ISBN: 978-84-15534-72-3
Nº Páginas: 160 pags
Género: Narrativa, Memorias
Tamaño: 15x21
Año de edición: 2012
Formato papel
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Cantaba cuando cocinaba, escribía mientras soñaba ... ¡hasta se reía!, aunque por dentro llorara.

Te escuchaba, te amaba y te cuidaba, y si te fallaban las fuerzas y caías, llegaba ella y te levantaba.

Así vivió Rosa hasta los 61 años, pendiente de todo aquel que pasaba a su lado.

Los siguientes cinco años de su vida, hasta los 66, los pasó acompañada de una enfermedad que atendía al nombre de ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica).

Vivió con ella y nos enseñó a padecerla junto a ella.

Que ... ¿qué hicimos durante esos cinco años?

Seguir aprendiendo de ELLA.

Título:
El dedal de Lydia

Cuando se tiene un problema muy grande en la vida del que es absolutamente imposible librarse, lo único que queda es aceptarlo y gestionarlo. Pero cuando ese problema trata de una terrible enfermedad que de forma penitente y dictatorial invita a esperar con aquiescencia el propio final, el poder aceptarlo, viviendo las llamas de su infierno, resulta titánico, pero el saber gestionarlo desde el amor, el silencio y la imaginación está sólo al alcance de personas realmente especiales.

EL DEDAL DE LYDIA es un cuento dedicado a una mujer que acunó su calvario en una dulce sonrisa, que caminó de la mano junto al dolor con naturalidad, que miró al terror a los ojos y consiguió que este, avergonzado, le bajara la mirada. Una mujer que, prisionera de su propio cuerpo, todavía fue capaz de generar el espacio y la luz suficientes para que los que padecíamos junto a ella lo sobrelleváramos un poco mejor.

Realidad y ficción se amalgaman en este relato de una mujer que amó tanto vivir que cuando la muerte le vino a buscar y, desafiante, se puso frente a ella, le desesperó hasta tal punto que hizo que a la propia muerte no le quedara más remedio que volver sus ojos hacia su interior, no hallando más que banalidad.

Leer un fragmento:

Parte I.
Dos secretos para Pablo.

–Pero… ¿de qué cosas? –preguntó Lydia–. Piensa que a vuestra edad lo normal es jugar y jugar.

En ese momento Pablo se giró hacia su madre, se incorporó un poco apoyándose en la almohada con el brazo bueno y, mirándola con extrema ternura, le contestó:

–No sé, mamá, cosas. Yo necesito hablar de cosas.

Y el blanco de los ojos de Pablo se encharcó de lágrimas formando una armonía tan bella que sólo es capaz de producirse cuando se habla desde la más absoluta sinceridad.

La realidad golpeó el pecho de Lydia con una fuerza atroz. Por unos momentos se quedó sin respiración. El impacto, no sólo de lo que acabada de acontecer sino de lo que se avecinaba a partir de ahora, fue tan grande que apenas podía articular palabra. Su hijo tenía una serie de inquietudes que su entorno cotidiano no podía satisfacer y, en ese instante, a Lydia se le abrió de par en par un gigantesco prisma de tremenda incertidumbre.

A Lydia todavía le costaba controlar el leve pero continúo temblor de sus manos cuando intentó proseguir la conversación del modo más natural posible.

–Hijo, tienes un carácter especial, eso no lo puedo negar. Pero es especial por positivo, por sensible. Es algo muy bueno siempre y cuando lo domines.

Pablo, sin apartar la mirada de la de su madre, contestó:

–No sé, mamá. Muchas veces veo cosas que no me gustan. Sobre todo los comportamientos de personas, de amigos… No sé… ¡Es en general! No lo sé explicar muy bien.

–Y… ¿qué haces entonces, Pablo? Quiero decir, cuando no te gusta lo que te rodea… ¿en qué piensas?

–En nada. No pienso en nada. Son momentos en los que me siento mal y ya está.

Lydia acercó la silla hasta tocar con las rodillas la cama de su hijo, arqueó hacia delante levemente su espalda, separó hacia un lado un rizo del pelo que caía sobre la ceja de Pablo y, con una voz cercana al susurro, le dijo:

–Voy a contarte un secreto, hijo. Un secreto que estoy segura de que te valdrá de mucho el resto de tu vida.