INFORMACIÓN
Cómo editar y vender
un libro con Cultivalibros.
Contacto: Abel de Lamo
Teléfono: 915060975
Pedidos librería: 915392659
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Albert Lladó (Barcelona, 1980) es licenciado en Filosofía, postgrado en Periodismo de Proximidad y Máster en Literatura, Arte y Pensamiento. Ha publicado los libros de relatos Podemos estar contentos y Cronopios propios; el ensayo Encuentros fortuitos y el libro de entrevistas Paraules. Actualmente, es editor de Revista de Letras y redactor de lavanguardia.es.
“El protagonista de La puerta vive en un mundo clásico del que se alimenta con una curiosidad de esponja, porque tiene interés por todo, por el cine, el arte, la literatura, el jazz, la filosofía, se rodea de estudiantes ebrios de saber y experiencias como él en una Barcelona que muy a menudo recuerda al París existencialista de Les Deux Magots y del Flore.
Las brújulas serán dos figuras -una real y otra imaginaria-, dos escritores: Jesús Lizano y Julio Cortázar. El primero será una suerte de soporte vital, un modelo ideológico; el segundo es el modelo literario a seguir. Nos dice Dumas que la juventud no puede soportarse sin un ideal o un vicio y en este caso su amor por Blanca y una enramada ideológica cada vez más densa es el soporte de nuestro protagonista en los momentos de apuro.
Lladó nos deja con La puerta una primera novela llena de encanto y aciertos, de lecturas bien filtradas. Una novela que tiene un desarrollo atemporal porque sabe que lo temporal ha de acabar siempre en fracaso y en anécdota, una novela que sabe que en los universales -el arte, la amistad, el amor- está el mejor lenitivo para combatir la apatía y el desasosiego”.
Fernando Clemot
La puerta entreabierta. Una luz tenue. Como una luz de cirio que se va apagando. Una llama que va luchando por la vida. Un último suspiro.
Había vivido la enfermedad de mi padre desde el principio, pero ahora era diferente. La degeneración física era absoluta y no me veía con fuerzas para entrar. Mi tío no paraba de repetirme que tenía que despedirme de mi padre, que era el momento del adiós, que él me estaba esperando. ¿Despedirme? Ya me había despedido tantas veces, tantas veces había imaginado el final, que el hecho de entrar en la habitación, ahora, me parecía estúpido. Mi padre, de alguna manera u otra, ya estaba muerto desde hacía días, meses. La luz cada vez era más débil, pero aún había la suficiente como para poder ver la cama. Estaba dispuesto a no entrar. No tenía que demostrarle lo que le quería - lo que le necesitaba - en un acto inútil. Pero las lágrimas de mi madre, que ya no era mi madre sino un cuerpo esquelético carcomido por la tristeza que utilizaba su voz, me empujaron hacía adentro. Tenía que entrar en ese purgatorio improvisado, hacer ver que no estaba aterrorizado, disimular, y convencerme a mí mismo que ese cadáver era mi progenitor.
(...)