La vida es un culebrón

Coleccion Cultiva

ISBN: 978-84-9923-733-6
Nº Páginas: 70 pags
Género: Narrativa
Formato papel
10,00 euros (IVA incl.)
Compra en Cultiva Libros sin costes de envío
O buscar en:
Autor/es: 

Edgar Caprotti J. (Madrid, 1963), con este su séptimo libro, tras aparecer en enero de 2011 Historia de amor con un tabique de por medio, intenta encontrar el significado del amor auténtico sin el dichoso tabique de las narices, a través de una teleserie de intrigas, suspenses y situaciones posttraumáticas, desarrollando su teoría de a través de la negatividad más absoluta llegar por caminos sinuosos a la positividad más elocuente, que no es siempre la que todos queremos, por no decir nunca…

Título:
La vida es un culebrón

Cuando Fray Luis de León, que en realidad era de Pontevedra, al volver allá por el siglo xxi de las mazmorras de palacio, lo primero que dijo a sus alumnos de Teología y Práctica fue aquella célebre frase de: Decíamos ayer…

Pero ayer, y Fray Luis de León a veces no se enteraba de la misa la media con esa capucha tan grande que le hacía tropezarse continuamente con las columnas de su convento, a parte de que era algo corto de vista y, por lo tanto, el ayer podría no ser aplicable al presente, aunque ya se sabe que la historia está condenada a repetirse más que un plato de judías pintas en una sinagoga, pues lo dicho: el que mucho aprieta, es porque las judías le han sentado mal… sobre todo por el chorizo.

Leer un fragmento:

CAPÍTULO 1

Una cigüeña sobrevolaba el soleado matutino cielo portando en sus garras un abultado hatillo, mientras desde el piso 17 de un alto edificio una criada le daba de coscorrones con un colador a un niño de unos seis años y medio junto a la ventana abierta, gritándole:
-¡Carlitos, cómo se te ha ocurrido meter en el hatillo de la compra a tu hermano Bernabé y amarrarlo a la cigüeña que estaba en la repisa, gamberro!
-¡Buaaaaa, es que como a los niños los trae la cigüeña, igual también se los puede llevar, buuuuu…!
Mientras tanto, un piso más abajo, frente al espejo del tocador, Luz miraba a su reflejo, pálida como la Luna en Abril, mientras Bautista, su mayordomo, le colocaba el primer enganche de los cuatro de su sujetador a espaldas suya (concretamente, el de más arriba, entre los omóplatos). Luz susurró:
-¡Bautista, estoy bella hoy?
-¡Sí, señora, está usted como un pastel celeste de dos pisos con rosas azucaradas en la superficie y una guinda de terciopelo verde esmeralda en el escaparate de una pastelería de la calle Serrano!
Bautista le cerró el segundo enganche y luego bajó al tercero, añadiendo:
-Si me permite la señora, ¿podría acompañarla a la cita?
-¡Oh, ni hablar! Para que luego cotillees por el edificio.
Bautista le cerró el tercer enganche y volvió a abrir la boca:
-Es que es un desconocido y nunca se sabe, señora, yá sabe que yo estoy a su servicio para lo que mande y soy más discreto que…
-¡Calla, y ponme el sostén de una vez, rápido!
Bautista le cerró el cuarto y último enganche. Luz, frente al espejo de marco dorado, movió los pechos dentro del sujetador como flanes y exclamó:
-¡Bautista, me veo sexy?
-¡Sí, señora, está usted como para que la abrillanten en una zapatería de lujo de la calle Goya sus sonrosados senos!
Luego, se acercó al armario de la izquierda y sacó un vestido de muselina blanca con mangas transparentes. Se acercó a Luz y esta se levantó del tocador y se volvió hacia él.
Le pasó por la cabeza el vestido y Luz, al ponerse de espaldas al mayordomo, notó el cierre de la cremallera… yá tenía los zapatos gris perla puestos.
-¡Y ahora, a la aventura, a ver cómo es el!
-¡Señora, tenga mucha precaución, estas citas a ciegas…!
Con gesto furioso, Luz se volvió pegándole un sonoro bofetón a Bautista, exclamando:
-¡Impertinente, cualquier día de estos te echo a patadas a la calle!
-¡Perdón, señora, voy a por su bastón blanco, aunque debería usted hacerse mejor con un perro- lazarillo!
-¡Ves y calla de una vez, que para perro- lazarillo yá te tengo a ti, venga, a prisa!
Bautista salió del dormitorio hacia el paragüero del recibidor, mientras Luz se decía: “Espero que cuando sepa que soy ciega, poder imaginar su cara arrobada… ¡Quizá hasta se enamore de mi a primera vista, como en las telenovelas, jijiji!”.