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  Daniel Muñoz___________ 
                      La ciudad sin sombras

AUTOR: Daniel Muñoz

Nacido en Madrid (1976), ciudad en la que reside, Daniel Muñoz es un renegado confeso de la informática, que estudió y a la que se dedica profesionalmente.

Cuando tenía 19 años el azar le llevó a vivir temporalmente en Nueva York, circunstancia que marcaría su vida en adelante. Incansable viajero y apasionado de la literatura, ha recorrido infinidad de países en todo el mundo, acumulando vivencias y aprendizajes que, con su personal estilo, intenta transmitir a través de la escritura.

La ciudad sin sombras es su segundo libro tras Bajo el Paraíso (1996), que tuvo gran acogida entre el público.

TÍTULO: La ciudad sin sombras

Daniel Muñoz compara los sentimientos de ambos, hombres y ciudades, y nos cuenta con la genialidad de un maestro que la ciudad, en contraposición al hombre “siempre recuerda, y cada suceso, cada familia, cada amor roto, cada tarde de cafés, cada noche de dos que no se hablan en una misma cama, cada cigarro en la ventana, son una marca que nunca se borra de sus esquinas, de sus portales, de los ojos siempre atentos de las farolas. Los recuerdos, para una ciudad, perduran eternamente”.

LEER UN FRAGMENTO: La ciudad sin sombras

Una mañana cualquiera en una cama cualquiera. El mes no importa pero hace calor, un vaporoso presagio como de bruma que llega hasta el techo. Hace mucho que cayeron las torres, que unos ángeles con sus alas llevaron los trenes hasta el cielo. Ahora al cielo se llega en trenes de amor marchito. Uno nunca sabe dónde despierta. Ni junto a quien. Yo le he visto la espalda al aire cuando nadie quería ser. Yo he visto palabras mutiladas cuando vuelan algunos pájaros y nadie sabe hacia dónde, y he llegado a la conclusión de que nunca es sufi ciente lo que se ama. Hay cabezas que son más grandes que otras y sus ojos más tristes. Hay manos que tocan lo que no pueden. Hemos estado sentados en algunas nubes que no se movían, y en entierros de personas (y de cosas, igual que cuando éramos pequeños) y nunca ha habido lágrimas sufi cientes. Cuando llueve procuro dejar que llueva, no quiero parar la lluvia para que siga viviendo en mí, para que el agua limpie de las calles los inviernos más blandos, las plumas caídas, los viejos hombres jóvenes, y todas esas cosas que utilizamos para destruir algunas miradas. Yo le he visto la espalda al aire, la espalda sucia de barro besado, de sábanas ardiendo entre sirenas, de monumentos destruidos cuando los muros se los lleva un suspiro, he visto con mis propias manos el resplandor de almas doradas que silban junto a las barcazas en el río, dejé que lloviera para verlo, dejé que me vieran para sentirlo.

 

(...)

 

 
 
 
 

 

 
 
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