José Antonio Monroy__
La cóncava playa
AUTOR: José Antonio Monroy
José Antonio Monroy nació en Alburquerque (Badajoz)
en 1950.
En 1975 escribió un libro de poemas Taller de tardes con dibujos
de Pedro Gonzélez, que no se llegó a publicar.
Se dedicó a su carrera de ingeniero abandonando la literatura, pero a
su subconsciente llegaba un limo que mantenía un jardín en espera.
En el venano de 2009 abandonó los negocios para dedicarse a escribir,
y esta Cóncava playa es su punto de partida.
TÍTULO: La cóncava playa
Es una visión estética sobre La cóncava playa, La Concha de San Sebastián. Este
paisaje es una playa virgen de tarde en procesión como acompañante de un mar
severo pero sin malicia, dulce de mirar y recibir como una promesa.
Le pidió a su amigo Berrutti los dibujos para la portada y para cada uno de sus
capítulos, y el resultado es una hermosa delicia de palabra e imagen.
Esta es una ciudad de placeres eternos: caminar, comer, amar…
Caminamos por el paseo hacía el puerto y observamos como la cóncava playa
atrapa la música del viento modulando la vida de la ciudad; y comer y beber ante
este paisaje es pura ambrosía, es jugar con el viento y hablar con las nubes; no hay
nada más tierno que subir las escaleras de un hotel en pareja mientras en el Peine
del Viento la belleza cobra vida a través de miradas e ideas fusionadas en lo que
se ha convertido este paisaje.
LEER UN FRAGMENTO: La cóncava playa
Sentados en la arena, contemplamos la procesión de los humanos
a la orilla del agua y ajenos al ruido de la ciudad. El murmullo de sus
voces se desvanecía en la distancia, el desplazamiento del agua es
como si dependiese de un automatismo, el movimiento ondular
sobre sus pies frotando la suave arena y el agua limpiando la arena
sobre sus pies para volver a ella. Huele a agua; una nube se cruza oblicuamente
sobre el sol enviando un resplandor oblicuo sobre el agua,
que parece un arco iris horizontal. Las gaviotas inmóviles se mantienen
hipnotizadas sobre el resplandor amarillo del rayo y el azul del
mar. Los rostros humanos quemados o quizás dorados por el sol
arrastran sus sombras y las gaviotas planean sobre sus cabezas. Sentía
la necesidad de borrar el resplandor sobre el agua. Los rostros humanos
pasaban sin mirarse como si su recorrido empezase siempre,
y sentía la necesidad de borrar el resplandor plano del arco iris sobre
el agua para detener a los paseantes porque podían acceder a la vejez
paseando y parecían los mismos, –acaso el anonimato de la distancia–,
y por vivir en este entorno sus ojos perciben la belleza que les
mantenía en el camino. Conque es lo que me llega del escenario, y la
obra y los actores son puro reflejo invertido.
Son las buenas horas del paseo, ella los recibe con exquisita
armonía vibrando sobre sus cabezas y produciendo su metamorfosis.
La naturaleza y humanos se mezclan en un baño de luz blanca
mientras el océano llega cargado de sales y aromas con música
para el alma y sosiego para el espíritu.
Los paseantes caminan en su orilla sobre el último suspiro de
las olas y lo hacen en compañía, y sus comentarios obedecen a la
ley de todo ser racional, sobrevivir cada día con la palabra: el trabajo,
la familia, el tiempo, la ciudad, y callando la pena de este
país, doliéndose de un dolor que les hace mirar a otro lado con
abierta esperanza.
(...)
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