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  Julio Calistro ___                
                       La cuarta víctima


AUTOR: Julio Calistro

Julio Calistro es argentino de nacimiento. En su país de origen ha sido periodista de política en prensa escrita, radio y televisión, y presentador de informativos. Hostigado por un gobierno corrupto, en 1990 emigró a España. Aquí reencauzó su vida profesional. Fue responsable de los programas de cine de Canal +, director de los canales Cinemanía, y de antena de Localia. Ha publicado libros de política y de comunicación audiovisual. Esta es su primera obra de ficción.

TÍTULO: La cuarta víctima

"La cuarta víctima es mi primer cuento. Y por eso da título a este libro. Ha sido publicado en un periódico porteño en 1990. Es el año bisagra en mi vida. El año de mi partida y de mi llegada. Del cambio.

Bajo el nombre de Sensaciones de un náufrago he reunido los relatos que he escrito en Buenos Aires y corregido en Madrid, en un período que abarca desde poco antes de mi marcha de Argentina hasta mis primeros meses en España. ¿Por qué ahora y no antes? Porque de alguna forma estos cuentos son la memoria del olvido. Hoy no volvería a escribir lo de entonces, pero justamente por eso quiero que os llegue aquella voz.

Otros relatos han venido después. Es lo que se puede leer en la primer parte del libro. Mi forma de hablar y de escribir ha cambiado. Mis raíces aún me nutren, pero me he aferrado a esta tierra con fuerza y he madurado aquí hasta sentirla también como mía.

Hoy todos estos cuentos salen a la luz para dar paso a nuevas inquietudes que a lo mejor algún día se convierten en palabras escritas."  

LEER UN FRAGMENTO: La cuarta víctima

Le conocí cuando yo aún ignoraba que su vida era circular. Aquella tarde las nubes otorgaban un aspecto gélido a las ruinas del anfiteatro. La soledad era absoluta. Mérida olía a Pompeya. A Numancia. A Atenas. A Babilonia. Un estremecimiento me electrizó: una silueta se agigantaba sobre el horizonte cobalto. El forastero llevaba unas ropas raídas y deshilachadas. Su andar, al descender las gradas, era firme y altivo. Majestuoso. Sin embargo, en cuanto alcanzó la arena del hemiciclo, su espalda adoptó una postura senil, vencida. Se arrodilló en actitud de perdón. Tal vez habría permanecido indefinidamente así.

No pude contemplar su rostro oculto entre las manos. Mis ojos se detuvieron entonces en sus pies. Amarillos y gastados, con heridas que habían cicatrizado. No me respondió sino que él preguntó por mis sueños. Entonces no entendí cómo, pero iniciamos un diálogo ya conversado.

Cuando descubrió su cara, vi un hombre gris. Sus ojos pálidos me miraban hasta el fondo del tiempo. Él también habló de sueños. Me costaba seguir el hilo de sus ideas. Iban y venían. Dijo que hacía ya mucho que había aprendido a descifrar los arcanos del Universo. Un Dios múltiple se lo había revelado. Un Dios cuyo nombre terrenal era Fuego y a quien él le guardaba gratitud, no en cambio a aquél viejo de un Sur muy austral que sólo veía sombras y que lo había condenado a una repetición perpetua.

Me confesó que el deseo que había impulsado su existencia era el soñar un hombre para imponerlo a la realidad. Su obsesión había empezado en otras ruinas. En otro tiempo. Había pasado cada noche corrigiendo detalles. Modificando deseos. Durante dos largos años había imaginado innumerables hechos idénticos que sólo él sabía diferenciar el uno del otro, pero que, superpuestos, cobraban vida.

 

(...)

 

 
 
 
 
 
 
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