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Por tierras de Guadalajara y Soria. De Sigüenza a Gormaz

AUTOR: Fidel Vela

Nuestro autor nace en Arcos de Jalón (Soria) el 24 de abril de 1934. Dos años después sus padres se instalan en Sigüenza (Guadalajara), donde —con ligeros paréntesis— vive hasta 1971, año en que fija su residencia por razones profesionales en Alcalá de Henares. En 1979 y 1983 es elegido concejal del Ayuntamiento de Alcalá de Henares, habiendo desempeñado diversos cargos políticos, entre ellos, los de presidente de la comisión de Hacienda y presidente de la Mancomunidad de Aguas del Sorbe.

Ha publicado varias novelas: La Consulta, La oficina (accésit premio Eugenio D’Ors), Las leyes del éxito (José Esteban, editor), Proceso de paz-ponencia marco, amén de numerosos artículos y narraciones breves esparcidos por revistas y periódicos, como los cuentos: El túnel (premio revista Ferroviarios), Diga dos (accésit Premio Jara Carrillo), o Propuesta democrática (accésit premio ciudad de Ermua).

TÍTULO: Por tierras de Guadalajara y Soria. De Sigüenza a Gormaz

El caminante, viajero o andante inicia su viaje en Sigüenza, un día de agosto «alanceado por el sol», luminoso, de transparente cielo azul, como suelen ser los días de verano en esa hermosa ciudad castellana. Toma el coche de línea y se traslada a Atienza, «una peña muy fort», desde cuya ciudad emprende su viaje a pie, sin rumbo fijo, visitando numerosos pueblos, aldeas y ciudades de la provincia de Soria, mientras escribe en un cuaderno impoluto sus impresiones de andar y ver. Merecen ser destacados la precisa y minuciosa descripción del paisaje, tanto urbano como rural, y muy especialmente los chispeantes y encantadores diálogos con la gente que se encuentra el viajero a lo largo de su andadura. Un libro delicioso. Al finalizar la lectura, uno se siente mejor, con la sensación gratificante de haber realizado una buena obra en favor de los demás.

LEER UN FRAGMENTO: Por tierras de Guadalajara y Soria. De Sigüenza a Gormaz

El caminante consigue agacharse un pelín y mira por la ventanilla. Unos segadores, recién comidos, han comenzado su faena en medio de una calma chicha. El sol les aplana las costillas. Dos mulas se marchan del pedazo cargadas hasta los topes de grandes haces de mies.

A la izquierda queda Sigüenza, como sembrada en una suave pendiente. Por cabecera ostenta el castillo, aún de aspecto enterizo. La catedral, más abajo, “oliveña y rosa”, muestra sus dos torres cuadradas, con algunos remiendos blanquecinos. Se ven algunas casas, quizá los chalés, pintadas de blanco. Las demás han quedado tintas del paisaje. Perdida la vista de Sigüenza, también a la izquierda, se divisa el castillo de Séñigo, con su gran torre redonda partida en dos por una profunda brecha vertical.

En las paradas del autocar, invariablemente, los viajeros que continúan, otean desde las ventanillas para cerciorarse de que no les bajan sus equipajes. El caminante, que ha aprendido la lección, hace lo propio. Cuando aparece Palazuelos, pueblo que conserva todavía unas macizas murallas, un hombre que viaja de pie, como el caminante, dice, al parecer, sin venir a cuento:

—Este año, los de Palazuelos, no han tenido ocasión de sacar la reliquia, porque ha llovido el agua que esta tierra necesita.

 

(...)

 

 
 
 
 

 

 

 
 
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