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Elpidia Rojo de Marcos_______________
Mirando a las dos Castillas
AUTORA: Elpidia Rojo de Marcos
Elpidia Rojo de Marcos nació en
Buenaventura (Toledo) en 1936.
Cursó los estudios de Magisterio en
la Escuela Normal de Magisterio de
Toledo. Ejerció su profesión durante
cuarenta años, treinta de
ellos, en su pueblo natal. Es éste el
primer libro que escribe, como recopilación
de aquellas vivencias de
las que, en determinados momentos
de su vida, fue dejando constancia
a través de la rima. “Aunque, en
principio, no entró en mis cálculos
la idea de escribir un libro, más
tarde comencé a barajar la posibilidad,
y, como más vale tarde que
nunca, a mis setenta y tres años lo
decidí. Más o menos, uno de esos
caprichos que los humanos nos
permitimos, con el deseo de darlo a
conocer, ante todo, a mis paisanos
de Buenaventura, que vienen a ser
los personajes de la mayoría de
mis composiciones”.
LIBRO: Mirando a las dos Castillas
Mirando a las dos Castillas está escrito e inspirado
en Buenaventura y su entorno. Un pueblo
con un bonito paisaje, entre la Sierra de Gredos
y la de San Vicente.
Consta de treinta y dos composiciones poéticas.
En la primera parte se incluyen dos sobre pasajes
bíblicos. Todos los personajes son auténticos
y figuran con sus nombres propios.
Espero que, al leer el libro, se sientan identificados
como protagonistas de las pequeñas historias;
y que, tanto a ellos como a sus familiares
y amigos, les resulte gratificante su lectura.
En la segunda parte no me he resistido a plasmar
también algunos recuerdos de otros lugares
de más allá del propio entorno.
LEER UN FRAGMENTO: Mirando a las dos Castillas
Al sol de la tarde
La niña estaba secando
su pelo al sol de la tarde.
La tarde, cara de otoño;
el viento, soplando suave.
Niña de unos quince abriles:
en su boca perlas finas,
perlas de nívea blancura,
amplia y bella, la sonrisa.
Niña de la tez morena
y el cabello acastañado,
cepillábalo hábilmente:
ahora a un lado, ahora a otro lado.
El sol le decía al viento:
_¡Sopla, sopla, viento amigo!
Supla a mi calor tu aire,
¡que ya toco el horizonte,
que se extingue ya la tarde!
Sopló el viento alegremente;
el viento se fue animando
y, jugando con los cabellos,
a la vez, los fue enredando.
El sol, que, aunque trasponiendo,
había captado el detalle,
quiso, al punto, detenerse
y reprender al culpable,
mas, se ocultó como siempre;
a su ritmo imperturbable.
Él quería decirle al viento:
¿Por qué te vuelves tan brusco?
¿No puedes soplar más suave?
Si no frenas tus impulsos,
no contaré más contigo
desde hoy en adelante.
Yo secaré ese cabello
liso, largo, acastañado;
lo trataré con gran tino
para que no pierda brillo;
con muchísimo cuidado,
y le pondré a mi manera
-natural en exclusivabellos
reflejos dorados.
La niña escuchaba al viento.
Lindos requiebros, al sol,
la niña solía escucharle.
La niña secó su pelo;
lo secó al sol de la tarde.
(...)
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