Colección Básica
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Fernando Novalbos




 

 

Elpidia Rojo de Marcos_______________
                      Mirando a las dos Castillas

AUTORA: Elpidia Rojo de Marcos

Elpidia Rojo de Marcos nació en Buenaventura (Toledo) en 1936. Cursó los estudios de Magisterio en la Escuela Normal de Magisterio de Toledo. Ejerció su profesión durante cuarenta años, treinta de ellos, en su pueblo natal. Es éste el primer libro que escribe, como recopilación de aquellas vivencias de las que, en determinados momentos de su vida, fue dejando constancia a través de la rima. “Aunque, en principio, no entró en mis cálculos la idea de escribir un libro, más tarde comencé a barajar la posibilidad, y, como más vale tarde que nunca, a mis setenta y tres años lo decidí. Más o menos, uno de esos caprichos que los humanos nos permitimos, con el deseo de darlo a conocer, ante todo, a mis paisanos de Buenaventura, que vienen a ser los personajes de la mayoría de mis composiciones”.

LIBRO: Mirando a las dos Castillas

Mirando a las dos Castillas está escrito e inspirado en Buenaventura y su entorno. Un pueblo con un bonito paisaje, entre la Sierra de Gredos y la de San Vicente.

Consta de treinta y dos composiciones poéticas. En la primera parte se incluyen dos sobre pasajes bíblicos. Todos los personajes son auténticos y figuran con sus nombres propios.

Espero que, al leer el libro, se sientan identificados como protagonistas de las pequeñas historias; y que, tanto a ellos como a sus familiares y amigos, les resulte gratificante su lectura.

En la segunda parte no me he resistido a plasmar también algunos recuerdos de otros lugares de más allá del propio entorno.


LEER UN FRAGMENTO: Mirando a las dos Castillas

Al sol de la tarde

La niña estaba secando
su pelo al sol de la tarde.
La tarde, cara de otoño;
el viento, soplando suave.
Niña de unos quince abriles:
en su boca perlas finas,
perlas de nívea blancura,
amplia y bella, la sonrisa.
Niña de la tez morena
y el cabello acastañado,
cepillábalo hábilmente:
ahora a un lado, ahora a otro lado.
El sol le decía al viento:
_¡Sopla, sopla, viento amigo!
Supla a mi calor tu aire,
¡que ya toco el horizonte,
que se extingue ya la tarde!
Sopló el viento alegremente;
el viento se fue animando
y, jugando con los cabellos,
a la vez, los fue enredando.
El sol, que, aunque trasponiendo,
había captado el detalle,
quiso, al punto, detenerse
y reprender al culpable,
mas, se ocultó como siempre;
a su ritmo imperturbable.
Él quería decirle al viento:
¿Por qué te vuelves tan brusco?
¿No puedes soplar más suave?
Si no frenas tus impulsos,
no contaré más contigo
desde hoy en adelante.
Yo secaré ese cabello
liso, largo, acastañado;
lo trataré con gran tino
para que no pierda brillo;
con muchísimo cuidado,
y le pondré a mi manera
-natural en exclusivabellos
reflejos dorados.
La niña escuchaba al viento.
Lindos requiebros, al sol,
la niña solía escucharle.
La niña secó su pelo;
lo secó al sol de la tarde.

 

(...)

 

 
 
 
 

 

 

 


 
           
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