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Fernando Huertas___ _ __
Al otro lado del jardín
AUTOR: Fernando Huertas
Nacido en Madrid, toda su
actividad la ha desarrollado en el ámbito audiovisual. Ha sido
guionista, productor y director
de cine, televisión y publicidad.
Cuenta con dos largometrajes:
El elegido y Terca vida premiados
en varios festivales de cine y una
amplia trayectoria como profesor
de Realización audiovisual
en la Universidad Complutense
de Madrid. Con Al otro lado del
jardín, su primera incursión
literaria, nos muestra su capacidad
y sensibilidad para seguir
contando historias cercanas, ya
sea con la imagen o la palabra.
TÍTULO: Al otro lado del jardín
Al otro lado del jardín nos ofrece un microcosmos
imaginario donde niños, objetos, hombres y
mujeres nos cuentan las situaciones cotidianas o prodigiosas
que marcaron sus vidas. Un hombre se enamora
de una misteriosa mujer que descubre al otro lado del jardín.
Una mujer asiste inquieta a la cárcel para un “bis a
bis” con su pareja. Un bache reivindica su derecho al
honor. Un viejo profesor evoca su amor por una adolescente
mientras espera la muerte. Un niño intenta convivir
con su extremada gordura. Un hombre vuelve a su
casa con la maleta de una desconocida. Una tortilla de
patata provoca la ruptura de una pareja. Un hombre mata
sin esfuerzo alguno a su mujer. Un calcetín nos cuenta
las consecuencias de no tener pareja. El alma de una
joven queda encarcelada en la acera donde cayó muerta.
Estas son algunas de las historias que nos invitan a recorrer
caminos imaginarios repletos de luces y sombras,
trazados con pinceladas de amor y desamor, de ilusión y
desencanto. Voces que nos muestran los diferentes perfiles
de nuestra existencia.
LEER UN FRAGMENTO: Al otro lado del jardín
Todo empezó a mediados del verano. Una noche salí a la terraza a fumarme un cigarrillo, me apoyé en la
barandilla y vi al otro lado del jardín, justo en el balcón de
enfrente, a una mujer que también fumaba. Era la primera
vez que la veía y me demoré observándola. Por pudor, desvié la mirada a las ventanas de los otros edificios. Sólo alguna
permanecía abierta y dejaba escapar la fluorescencia
de la pantalla del televisor. Me distraje viendo los insectos
que flotaban alrededor de la luz de las farolas, y me fijé en
los columpios y en los balancines y en los bancos: solos,
quietos, varados en la arena, y observé cómo el leve vaivén
de las ramas de los chopos mecía las sombras; y me llegó el rumor de los aspersores y el tintinear del agua sobre las
plantas y el ruido de los pocos coches que a esas horas pasaban
por la avenida cercana y, dependiendo de donde viniera
el viento, percibía la fragancia del jazmín, los rosales o
las adelfas, excitados por las gotas de agua que los alcanzaban.
Y volví a los balcones de los cuatro bloques que rodean
el jardín; todos vacíos, excepto el de aquella mujer que sospeché permanecía observándome, y no pude evitar fijarme
de nuevo en ella. Poco después, y de manera inesperada,
me removió el eco lejano de una sirena de policía; luego,
el canto de un grillo que parecía demandar mi interés y a
continuación los confusos y lejanos diálogos de algún televisor,
y otra vez aquella mujer misteriosa. La oscuridad
sólo me dejaba adivinar algunos rasgos de su figura, y mi imaginación me decía que era joven y bella y su pelo largo
y acaso rubio o castaño, y su blusa blanca o beige; y ella me
miraba y yo presentía que también deseaba adivinarme...
Y de repente todo se paró. Un hombre salió y se le acercó por la espalda, la susurró algo al oído y la besó en la mejilla.
Luego volvió al interior. Ella exhaló una bocanada de humo,
apagó su cigarrillo, y me miró, o al menos eso pensé. Entró en su casa, corrió las cortinas del salón y me quedé mirando
sin saber qué miraba. Un momento después la luz de su
dormitorio se encendió y los visillos insinuaron el interior, y
allí surgió, durante un instante, su cuerpo desnudo… Luego
la luz se apagó.
El descubrimiento de aquella mujer me turbó más de
lo que en ese momento pude imaginar, y esa noche apenas
dormí.
Al día siguiente a la misma hora volví a la terraza a fumar
un cigarrillo con la vaga esperanza de encontrarla, y allí estaba; sola, fumando y, según deduje por la posición de su
cuerpo, mirándome sin disimulo. El mortecino resplandor
de su pitillo indicaba la cadencia de sus inhalaciones; parecía
tranquila, quizá triste -no sé por qué pensé entonces
aquello-. Di una calada en respuesta a la suya, y acompasé mi ritmo intentando establecer en la oscuridad un diálogo
con las brasas de nuestros cigarrillos. Luego todo sucedió de igual modo: apareció el hombre y la besó, y ella apagó su
pitillo y se fue tras él. Después, a través de la ventana, vi de
nuevo su cuerpo desnudo, y la luz se apagó, y yo permanecí imaginando cómo sería su piel.
Los encuentros se repetían. A la misma hora y en el mismo
lugar la buscaba en la penumbra e intuía en la distancia
que nuestras respiraciones se acompasaban, y que los sueños
de uno y los deseos del otro coincidían. Aquella mujer,
de quien ignoraba su nombre, se había convertido en mi gran fantasía, y cada noche modelaba a golpes de imaginación
su cuerpo y su ser y construía una y otra historia de
amor; espejismos de románticas huidas, realidades imposibles,
inalcanzables vivencias... Sólo aquellos momentos nos
pertenecían; ni el anterior, ni el siguiente. Después cada
uno regresaba a su realidad, a sus afectos, a su vida; ella
era de otro hombre y yo de otra mujer… Y su cuerpo desnudo
volvía a pasar ante la ventana, y al verla mi interior
se agitaba y el deseo me invadía, y el jardín, silencioso, se
hacía cómplice de mi traición, y se burlaba sabiendo de la
imposibilidad de mi adúltero anhelo. Todo se reducía a una
ilusión: un hombre y una mujer solos, uno frente al otro,
retándose más allá de la media noche y deseándose de manera
voluptuosa y apasionada, exhalando sus deseos ocultos
en bocanadas de humo. Mientras tanto el barrio dormía
y el jardín se mostraba solemne y misterioso, y los árboles
se hacían más altos y las sombras más enigmáticas, y los
perfumes más intensos… Y, sin saber cómo, su cuerpo desnudo
surgió ante mí. Y nos abrazamos y besé sus ojos y saboreé sus labios y acaricié la suavidad de sus pechos, y sentí cómo su cuerpo se estremecía cuando le hacía el amor..., y
rodamos por el jardín y reímos, y lloramos…, y volvimos a
hacer el amor. Esa noche, sin duda, debí de soñar.
(...)
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