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  Rafael del Campo Vázquez_ _______ 
                El verano audaz del Tío Pacomio


AUTOR: Rafael del Campo Vázquez

Rafael del Campo nació en Córdoba. Es abogado y auditor de cuentas. Profesionalmente se dedica al Derecho Tributario, disciplina que enseña en la Universidad. Además de su familia, tiene otras pasiones: la caza, los toros, el campo, la lectura... Todas, en mayor o menor medida, se encuentran en sus relatos.

TÍTULO: El verano audaz del Tío Pacomio

Acabo de leer de un tirón tu primer relato largo, a pesar de haberlo leído anteriormente, aunque a retazos, calentito, conforme iba saliendo de tu caletre. Al terminarlo me he sentido como si saliera de una burbuja, rebosante de hermosura, que eso es el mundo a la vez inaccesible y cercano de la belleza literaria. Sin quererlo, siempre que empiezo la lectura de un libro, me voy llenando de todo tipo de interrogantes y precauciones, pero en esta ocasión al repasar las pruebas de imprenta, he ido quedándome inerme y abandonado sin defensas ante tus ambientes y personajes y especialmente sorprendido por la atracción de tu prosa.

Rafael de Haro

LEER UN FRAGMENTO: El verano audaz del Tío Pacomio

Don Herman Adlung era, al decir del abuelo, un cerebro poderoso: catedrático de Filosofía del Derecho a la edad de 23 años, con todos los premios extraordinarios y reconocimientos que pudieran imaginarse, resultó que un día, según él mismo contaba, se levantó, miró a través de la ventana y vio que nevaba con mansedumbre sobre las tristes calles de Munich: algún caballo piafaba y el trajinar de los carros era fantasmal, sus ruidos amortiguados y sus contornos disimulados por la nieve que caía; miró luego a su alcoba y la vio empantanada de libros, folios acotados, correspondencia de sesudos catedráticos que le pedían opinión…; se miró a sí mismo en el espejo y se encontró ciertamente envejecido. Y, a resultas de las impresiones recibidas, se dijo:

- Pues me voy a ir de aquí.

Y como, mal que bien, chapurreaba el castellano, arrimó para España.

La Universidad de Madrid lo recibió con alborozo, porque acogía una fi gura relevante y, en aquellos años de fi nales del siglo XIX, necesitaba individuos que la proyectasen al exterior con intercambios y relaciones. El profesor Adlung, pensaban los gerifaltes, podía ser un instrumento idóneo, así que lo contrataron sin mayores trámites. Pero Don Herman, que tendría por aquellos tiempos sus veinticinco añitos, año arriba, año abajo, estaba ya aburrido de tanta abstracción y tanta teoría, y tanto iusnaturalismo y tanto positivismo ¡¡y de tanta mierda!! como él gustaba rematar, así que, por decirlo de modo discreto que a nadie ofenda, descuidó ostensiblemente sus deberes académicos.

(...)

 
 
 
 
 
 
 
 
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