Pura Simona de la Casa
Revoleras
AUTORA: Pura Simona de la Casa
Pura Simona de la Casa (Valdesaz-
Guadalajara) es profesora
de creación literaria y licenciada
en Filosofía y Ciencias de
la Educación.
Ha conseguido diversos premios
literarios: Ciudad de
Parla con el cuento Pastando
en la incertidumbre; premio de
Primavera de la revista Cosa
Nostra con el cuento La Primavera:
finalista del I Premio
Federico García Lórca con El
Mirador; premio Ana María
Matute con Amelia en el pantano,
de la Editorial Torremozas;
finalista en La Sonrisa
Vertical de Tusquest, con el
libro Allegro nada moderato
en el que compartía autoría con
otros escritores.
Así mismo tiene cuentos
publicados en varios libros:
Musas de todas las calles,
Cuentos para leer en el metro,
Encuentros breves, Álbum de
cuentos, Cuentos del corazón
y otras vísceras, Allegro nada
moderato, Amelia en el pantano...
También ha publicado
cuentos en diversas publicaciones
periódicas.
Revoleras es su primera novela.
TÍTULO: Revoleras
Por diferentes motivos, un viejo, un hombre de
mediana edad y un joven acuden a un pueblo
pequeño en el que se celebran las fiestas patronales.
Es el día del encierro. En este paisaje peculiar
en el que la noche y el día se funden, se funden a
la vez pasado, presente y futuro para dar cuerpo
a una historia de amor intemporal en el transcurso
de un día solar.
Al hilo del festejo taurino se entretejen fuerzas
vitales al límite de la muerte. Es la cercanía de la
muerte la que pone en valor este amor ilimitado y
atemporal.
En Revoleras, una gran novela, se nos ofrece un
juego con el tiempo repleto de posibilidades, un
volver a empezar o a continuar proyectado hacia
el infinito.
LEER UN FRAGMENTO: Revoleras
Aquel domingo de agosto, como tenía motivos de desvelo
para su siesta cotidiana, después de comer, en lugar de
sentarse en el sillón, bajó al garaje sin saber con qué intención.
Frente a la puerta del coche se planchó las solapas de
la chaqueta con mano temblorosa y luego dejó el bastón en
el asiento trasero antes de sentarse al volante. ¿Dónde iba? ¿Se atrevería a visitarla por fi n ahora que estaba muerta, o
acabaría como siempre, yendo a pescar o lavando el coche
en algún arroyo? Con estas dudas ni se dio cuenta de que
conducía distraído. Y a pesar de la inquietud que le causaba
ese aniversario, le sorprendió que se hubiera descuidado
tanto. Apenas advirtió que la ciudad quedaba atrás con su
halo bochornoso de las cuatro de la tarde, y sólo fue capaz de
percibir un poco más tarde, el campo, una carretera secundaria
y el sol desnudo y abrasador. Por un momento pensó que había sido el coche quien tomó la decisión de llevarlo
hasta allí obedeciendo a sus deseos. Cuarenta años desde la última vez que la vio, los llevaba contados, no en vano había
ido marcando con un círculo en el calendario la fecha en que
se conocieron. Cincuenta y nueve calendarios ya guardados
en una caja con un círculo en el veinticuatro de agosto. Éste
haría el número sesenta.
(...)
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