|
|
|


|
|
Álvaro Gustavo Vitores González
La vida, pero vista por un perro
AUTOR: Álvaro Gustavo Vitores González
Linda Vitores González (Becerril de la Sierra, Madrid, 1996- 2008) es una divertida perra pastor alemán de pelo largo que, tras ser adoptada por una familia de cuatro homínidos, se integró en ésta para vivir minuto a minuto siempre junto a ellos. Linda pronto empezó no sólo a estudiar e intentar comprender a sus nuevos amitos, sino a divertirles y enseñarles su filosofía y vivir caninos.
Álvaro Gustavo Vitores González (Madrid, 1959) es un triste profesor universitario de Física y de Historia de la Ciencia y de la Tecnología (Catedrático de Escuela Universitaria de la Universidad Politécnica de Madrid) cuyo afán de curiosidad científica le llevó a estudiar todo lo que hacía Linda. Álvaro pronto observó cómo su perrita le transmitía sus pensamientos caninos mediante gestos, miradas y ruiditos hasta el punto de que, según él, Linda es el ser vivo que más felicidad ha aportado a su vida.
LIBRO: La vida, pero vista por un perro
Este libro presenta, de una forma sencilla y divertida, la vida de un perro “hominizado” que analiza todo lo que observa a su alrededor y, en su intento de entenderlo, lo tamiza por su filtro de filosofía canina tan especial. Pero, sobre todo, este libro pretende ser un homenaje póstumo a la inteligente perrita Linda que, durante algo más de doce años, aportó a sus amitos felicidad y otra forma de ver la vida.
LEER UN FRAGMENTO: La vida, pero vista por un perro
Mi mamá era bastante mayor que yo, lo cual me
intrigaba al principio, hasta que me di cuenta que era
su gran tamaño lo que le permitía darnos calor a todos
los seres peludos recién aparecidos. Durante varios
días no nos despegábamos de ese ser grande, cálido,
amable, peludo y besucón que no ser por qué se empeñaba
en atendernos continuamente; además, en cuanto
nos alejábamos unos centímetros de ella, se esforzaba,
dentro de su cansancio, en cogernos con su boca —misteriosamente sin hacernos daño, pese a unos
enormes colmillos sonrientes que exhibía dentro de
ella— y colocarnos de nuevo junto a su cuerpo. Yo oía
ciertos ruidos en el exterior y no podía frenar mis
ansias de cotillear qué extraños seres pitorreaban de
esa manera tan divertida en unos árboles situados en el
exterior de la casita donde estábamos alojados, pero
aún no podía oponerme, ni física ni moralmente, a los
deseos protectores de mi madre.
(...)
|
|