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Seda y Niebla



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 Antonio Costa Gómez             
                            La seda y la niebla

AUTOR: Antonio Costa Gómez

Antonio Costa Gómez nació en Barcelona, se crió en Galicia. Es profesor de literatura. Le gusta el vino tinto y Jacqueline Bisset. También las hortensias y la poesía de de Rilke. Colabora en distintas publicaciones y escribe libros. Tercer clasificado en el 50 premio Planeta con Las campana. En Cultiva también tiene publicados el libro de relatos eróticos El tamarindo, un ensayo sobre la creación literaria titulado Las fuentes del delirio y La calma apasionada, una novela sobre los últimos días del Emperador Adriano.

LIBRO: La seda y la niebla

CONTENIDO: Ella era de seda y de niebla. Estaba casada y se aburría. El escritor solitario la conoció un anochecer en un banco de las Ramblas y le dejó un poema con su teléfono. Ella lo llamó a Compostela y hablaban todas las noches. Ella lo dejó todo y se fue a vivir con él a Compostela. Iban a la Facultad de Historia y se sumergían juntos en los cuadros de Dante Gabriel Rossetti. Pero luego se interpusieron los demonios de ambos. Ella se volvió a Barcelona. El intentó descubrir los poderes más impensables del lenguaje para que regresara. Cuando menos lo esperaba, ella apareció de nuevo en Compostela.Un día se bebió una botella de Albariño y se volvió a su niebla.

LEER UN FRAGMENTO: La seda y la niebla

Sentada en un café, con su mirada perdida, con su expresión vaga, a menudo me parecía como si estuviese junto a un mar indefinido, junto a una infinita carencia.

Quería destilar todo lo que hay de hermoso, de poético, en la vida. Y vivir una pasión en cada instante. Romper todo tipo de santurronería, de puritanismo, e implantar la alegre rebelión de la belleza. Hacer el amor en un tren, observar con ojos sutiles el caparazón de una centolla, sentir un poema de Rilke que le has le'do. Pero por eso estaba triste. Su mundo era la tristeza, porque el entorno era tan mezquino, tan mediocre, tan vulgar.

Pero si ibas a su lado en la calle, por las avenidas de Barcelona, siempre te asomabas a ese misterio, a esa niebla entre la cual persisten hogueras, a esa seda en la que el mundo se hace carne. Era de seda y de niebla.
Sentada en un café, con su mirada perdida, con su expresión vaga, a menudo me parecía como si estuviese junto a un mar indefinido, junto a una infinita carencia.

Quería destilar todo lo que hay de hermoso, de poético, en la vida. Y vivir una pasión en cada instante. Romper todo tipo de santurronería, de puritanismo, e implantar la alegre rebelión de la belleza. Hacer el amor en un tren, observar con ojos sutiles el caparazón de una centolla, sentir un poema de Rilke que le has le'do. Pero por eso estaba triste. Su mundo era la tristeza, porque el entorno era tan mezquino, tan mediocre, tan vulgar.

Pero si ibas a su lado en la calle, por las avenidas de Barcelona, siempre te asomabas a ese misterio, a esa niebla entre la cual persisten hogueras, a esa seda en la que el mundo se hace carne. Era de seda y de niebla.

(...)

 
 
 
 

 


 

 

 

 

 

 
 
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